lunes, 29 de agosto de 2016

Bibliotecas privadas: colecciones notables que se esconden en la ciudad. Fernando J. de Aróstegui. LA NACIÓN, DOMINGO 28 DE AGOSTO DE 2016


Muchos bibliófilos admiten experimentar un goce íntimo y voluptuoso del contacto con sus libros. Quizá por esta razón los dueños de bibliotecas notables suelen mostrarse refractarios a exhibir sus colecciones privadas ante extraños y, más aún, a permitir que sean fotografiadas.
Así, muchas de las grandes bibliotecas particulares crecen, ocultas e insospechadas, en casas y departamentos donde llevan una vida secreta junto con sus dueños.
Algunos de ellos son representantes del mundo de la cultura -como escritores o académicos-; otros, personas anónimas que cultivan su afición libresca en forma paralela a otras profesiones.
Según los propios coleccionistas, es posible establecer una distinción básica entre los bibliófilos: aquellos para quienes sus bibliotecas de consulta permanente constituyen un instrumento de trabajo; y los otros que se limitan a disfrutar del goce estético que depara la cercanía con los libros por su belleza, antigüedad o rareza. Los coleccionistas coinciden en que las buenas bibliotecas son un "reflejo de sus dueños" y en que el valor de las colecciones reside en su "unidad". Preocupados por el destino de sus esfuerzos de tantos años, los desvela la probabilidad de que sus bibliotecas terminen desguazadas en una casa de remates.

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