sábado, 26 de octubre de 2013

Posibilidades y límites de las nuevas plataformas. Inés Dussel. En: El Monitor Nº 31, OCTUBRE DE 2013, Las redes sociales en la escuela





Argentina es uno de los países del mundo con mayor número de usuarios de las redes sociales. Estar en Facebook o Twitter se volvió sinónimo de encontrarse con otros, de vida social, y hoy nos permite enterarnos de la vida del otro instantáneamente, conocer a amigos de amigos, abrirnos nuevas relaciones sociales o laborales, o simplemente juntarnos con otros a los que les gustan las mismas cosas.
Además de mantenernos al día de la vida social, las redes sociales trajeron otros cambios muy importantes. Por ejemplo, esta circulación horizontal de los mensajes  nos permite conocer una enorme cantidad de producciones o mensajes de gente que no necesita pasar por la centralización de un canal de televisión o un diario para ser escuchada, y circular nuestros propios mensajes a audiencias mucho más grandes. Esto tiene una dimensión de libertad muy significativa, porque, al menos potencialmente, la desconcentración de esa circulación permite que se escuchen otras voces por fuera del poder político, cultural y económico establecido.
En la educación, son muchos los que están explorando usos posibles para las redes sociales, con el supuesto de que hay que estar donde hoy están las nuevas generaciones y la sociedad más general. Hay un uso claro y evidente, que tiene que ver con servir de cartelera o café para encontrarse y compartir novedades, eventos y emociones colectivas. Por otro lado, los muros de Facebook también sirven como espacios de una memoria colectiva donde vamos archivando recuerdos e imágenes que nos ligan con otros.
Otros usos posibles tienen que ver con las materias escolares. Algunos profesores eligen usar Facebook o Twitter para estimular o compartir contenidos (sobre todo producciones audiovisuales), y para generar conversaciones sobre los temas de la clase. Los posteos y el chat de Facebook se convierten a veces en extensiones del aula que ya no tiene paredes ni horarios fijos, y que se arma con códigos más informales de intercambio que permiten otro tipo de diálogo. Ese paso tiene sus ventajas, como es el sumar a los alumnos a una charla sobre las materias, pero también sus desventajas, ya que el diálogo puede quedar a un nivel informal y hasta banal. Por ejemplo, una alumna señaló ante un video de historia posteado por su profesor en Facebook, “me gusta porque es verdadero”: esa reacción, totalmente legítima en esa plataforma, no debería resultarnos suficiente en un intercambio disciplinar en la escuela.
La cuestión de las desventajas nos lleva a prestarle atención a otras limitantes que tienen estas plataformas, de las que somos menos conscientes, y que sería bueno traer a pensar sobre los usos posibles de las redes sociales en la escuela.
¿Cuáles son las posibilidades y los límites de estos nuevos sitios de sociabilidad? Las primeras son más señaladas en el discurso público, pero también es importante reflexionar sobre sus limitaciones. Una primera cuestión que puede decirse para intentar responder a esta pregunta es que las redes sociales tienen algunos rasgos que las convierten en ámbitos novedosos: la conectividad, la comunicación casi inmediata, la sociabilidad extensa y la gran visibilidad. Todo eso está permitiendo organizar mundos de experiencia muy distintos a los que conocíamos. También es una novedad la combinación de palabras e imágenes: si bien Facebook y Twitter son plataformas con codificaciones y géneros un poco distintos, ambos comparten (y pugnan por intensificar) esa mezcla de signos que puedan expresar ideas y, sobre todo, sensaciones momentáneas. Por otro lado, traen un modo de estar con otros que nos permite seguir estando solos, al menos físicamente, y regular –o pretender regular- cuánto y cómo nos exponemos; esa nueva articulación de sociabilidad y soledad es otro de sus rasgos básicos.
Hay otra cuestión importante, que se vincula al cambio que las redes implican en la trayectoria de la cultura digital de los últimos 30 años. Mientras que al principio del surgimiento de las computadoras se pensaba que el mundo real y el mundo virtual se iban a separar por completo, y que cada uno podría llevar una vida “en línea” distinta y hasta contradictoria con la de su vida fuera de la red, lo que hoy estamos viviendo es que la experiencia subjetiva se alimenta de ambos mundos y que se los usa para expandir la experiencia de las personas. No se trata tanto de un “yo virtual” escindido del real, sino de un sujeto que cruza esas fronteras y las convierte en parte de la misma realidad. Claro que esa realidad ya no es la misma que antes, porque la presencia de las redes digitales impone otras referencias, otros lenguajes para hablar de uno mismo, y otros puntos de contacto entre lo real y lo virtual.
Otro de los puntos más salientes de los cambios que introducen las redes sociales, es el borramiento de las fronteras entre lo público y lo privado. Por ejemplo, la antropóloga Paula Sibilia estudió lo que ella llama “la intimidad del espectáculo”, o el espectáculo de la intimidad. Las redes sociales generan una exposición de situaciones cotidianas y a veces banales, otras íntimas, en un espacio que ya no reconoce las características de discreción e interés común que antes tenía la esfera pública. Por poner sólo un ejemplo, hace 30 años casi nadie hubiera mandado una carta para hablar del vino o el plato que comió como norma cotidiana; para contarlo, el suceso tenía que ser extraordinario. Mucho menos se pensaba en mostrar imágenes privadas a un público desconocido. En cambio, hoy sucede lo contrario: las redes sociales, replicando una cultura visual sensacionalista e impactante, parecen solicitar cada vez mayor exhibición del yo, y ponen bajo sospecha al que no muestra o no comparte.
Tan importante como analizar estas transformaciones es poner en evidencia los modos de operación de las redes sociales, al menos de las más exitosas como Facebook o Twitter. En primer lugar, hay que señalar que son grandes corporaciones que han acumulado un enorme poder económico y también político en muy poco tiempo, basado en la posesión de una impresionante cantidad de información de la población. Cada vez que hacemos “click” en uno de estos sitios, esa acción es codificada por sus programas y es unida a otra serie de informaciones que tienen sobre cada uno de nosotros, que conforma un padrón de datos sobre conductas, intereses y afinidades. Esa información, puesta junto a la de otros, tiene un enorme valor comercial que estas redes utilizan para venderles a otras empresas que están interesadas en saber qué hacemos, qué nos gusta, cómo reaccionamos frente a distintos eventos, para identificar qué pueden ofrecernos. Esto no sucede solamente en las redes sociales (Google es probablemente quien más lo utiliza, en su buscador o en servicios como Gmail o YouTube), pero las redes sociales concentran una cantidad impresionante de gente y eso tiene un valor comercial en sí mismo. Este tipo de software hace que la publicidad sea cada vez más específica; si mencionamos en uno de estos sitios la palabra “gorda”, nos aparecen propagandas de dietas; si mencionamos “Tucumán”, posibilidades de hacer turismo; si hablamos de las ganas de seguir capacitándonos, surgen propuestas de capacitación. Casi nada escapa a estos detectores de sentimientos y gustos, que se van sofisticando en sus cadenas de asociaciones y están aprendiendo a distinguir si hablamos de Tucumán porque estamos pensando en vacaciones o en una situación política reciente. Este paso, actualmente en curso, es nombrado por los desarrolladores de estos sitios como la Internet 3.0: una Internet mucho más orientada a cada uno, masiva pero altamente individualizada y “hecha a medida” del individuo consumidor.
Esta estructura básica de algoritmos automatizados que pueden codificar todas nuestras interacciones en la red es la base de su poder económico, un poder que no están dispuestos a compartir ni socializar. Aunque en el caso de Facebook y Twitter se proclame la neutralidad y la transparencia de las redes, la información sobre esos códigos de software y sobre a quién se venden los datos que producen, se guarda en el mayor secreto. Por otro lado, esta información puede ser usada también con fines políticos; las dictaduras tienen hoy muchas más herramientas para controlar a la población y detectar y detener a quienes expresan visiones disidentes. No hay dudas que este tipo de software tiene también un valor para el conocimiento y para la actividad humana muy impresionante: como sabemos todos los que usamos buscadores o redes sociales para encontrar información, nos ahorra pasos, nos guía por respuestas ya conocidas, y nos orienta en las búsquedas de manera más certera. Pero el costado económico y político no debería pasar desapercibido, pese al espíritu de encuentro y el compartir que predomina en el discurso oficial de estas empresas.
Otro aspecto que es importante notar es que son redes que se basan en un criterio de popularidad: tanto como los buscadores que organizan una jerarquía de respuestas en función de cuáles han sido las más visitadas, las redes sociales organizan su flujo de tráfico de acuerdo al lugar que los sujetos o mensajes ocupan en un orden prioritario de visitas. Pero además, las redes sociales instituyen como valor que es importante tener muchos amigos o seguidores, y eso define el lugar en la jerarquía. Facebook descubrió una forma muy ingeniosa para expresar esto: el botón de “Me Gusta”. Ese simple click organiza muy rápidamente un conjunto de información sobre qué le gusta a quién, y sobre los puntos donde coinciden los gustos populares. Lo que hay que subrayar desde un punto de vista pedagógico es que esta función privilegia la adhesión inmediata a un mensaje, y desalienta otro tipo de operaciones más complejas frente a los textos. Dice J. van Dijck, una estudiosa holandesa de las redes sociales: “El concepto de “Me Gusta” propulsa ideas o cosas populares con un alto valor emocional, en principio a expensas de juicios racionales para los cuales no hay botones en el universo en línea: ‘difícil pero importante’ no es un juicio promovido por las redes sociales.” (van Dijck, 2013, p. 65-66). ¿Puede la escuela prescindir del ‘difícil pero importante’? Es una pregunta que habría que hacerse al sumarse a estas plataformas, sobre todo para el trabajo disciplinar.
Un aspecto potencialmente democratizador de las nuevas plataformas es que la popularidad puede tener orígenes diversos: pueden venir del mundo “real” como el de los artistas o políticos (aunque no todos los “famosos” trasladan su capital exitosamente del mundo “real” a las redes sociales), o bien puede surgir como efecto de una habilidad para moverse en este mundo. Este segundo caso es interesante, ya que evidencia nuevos criterios de popularidad nacidos y crecidos en las redes sociales. Son varios los ejemplos recientes de nuevas “estrellas” de las redes sociales, en general mujeres que cuentan de modo gracioso o agudo sus peripecias cotidianas, y esa forma de ser comentaristas irónicas sobre su existencia las convierte en referentes de una masa enorme y desconocida de personas que se ve reflejada en estas anti-heroínas cotidianas. En esos casos, estas mujeres asumen como trabajo principal esta nueva profesión de creadoras de contenidos para las redes sociales, y viven de ello en muy buenas condiciones, gracias a la publicidad abierta o encubierta con la que se asocian.
Pero esos perfiles exitosos en esta nueva cultura señalan algo que está mucho más extendido, aunque con menor éxito: para ser populares en la red, hay que auto-promocionarse, hay que saber qué decir, y cómo “venderse”. Como dice la autora ya cita, J. van Dijck, “el impulso de convertir a la vida en una experiencia públicamente anotada ha borrado la distinción entre la publicidad y el auto-expresarse, el marketing y la identidad” (van Dijck, 2013, p. 76). Para esta autora, el imperativo de compartir, de expresar y “contarlo todo”, es un elemento estructurante de la sociabilidad contemporánea, y esto tiene efectos diversos, algunos productivos y otros preocupantes. Entre los productivos, está abrir espacios de conversación con otros desconocidos que pueden desafiarnos y enriquecernos con perspectivas inesperadas. Entre los preocupantes, está la obligación de hablar de uno mismo de cierto modo estereotipado (por ejemplo con el Timeline de Facebook), de auto-promocionarse para tener más amigos o seguidores, y por el lado social, está la creciente invasión de lo público por temas privados y la banalización del debate colectivo.
Poner de relieve estas formas de operar de las redes sociales, la base económica y política en la que se sustentan, y las formas culturales y tipos de intercambio que privilegian, no quiere desmerecer el gran valor que tienen en la sociedad actual. Como se señaló al comienzo del artículo, las redes abren nuevas rutas de comunicación, espacios de encuentro y de memoria colectivas, y permiten una circulación horizontal de la cultura y la información que tiene un enorme potencial democratizador. Pero todo eso no tiene que tapar que igualmente importantes son sus intereses económicos, su enorme concentración de información y poder sobre poblaciones transnacionales, y su privilegio de comunicaciones altamente emocionales, poco reflexivas y efímeras. La escuela puede utilizar estas redes para sus fines, pero además sería deseable que ayude a trabajar y reflexionar sobre algunas de estas características de las nuevas plataformas. Valdría la pena pensar ejercicios que enseñen que las redes sociales, sobre todo estas grandes corporaciones, no son medios neutrales de comunicación ni son instituciones filantrópicas, que privilegian ciertas formas de lenguaje y de expresión sobre otras, que están concentrando un enorme poder y que eso desafía a los gobiernos y a la ciudadanía, y que por eso es importante entender cómo funcionan. No está mal que la escuela esté en Facebook; lo que no debería pasarnos es dejar pasar la oportunidad para trabajar ese “estar” como modo de reflexión crítica sobre el mundo en el que vivimos. Tampoco habría que renunciar a promover otras acciones en esas mismas plataformas: en esa exploración, quizás a alguno de nuestros alumnos consiga darle forma al botón de “difícil pero importante” que J. van Dijck reclama.
Bibliografía:
Coleman, B. (2011). Hello Avatar! Rise of the Networked Generation. Cambridge, The MIT Press.
Dijck, José van (2013). The culture of connectivity. A critical history of social media. Oxford, Oxford University Press.
Sibilia, P. (2008). La intimidad como espectáculo. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
Turkle, S. (2011). Alone Together. Why We Expect More From Technology and Less From each Other. New York, Basic Books.
 FUENTE: elmonitor.educ.ar/

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